domingo, 10 de julio de 2011

Los otros pecados de la SGAE: amenazas, falsificaciones y abusos de poder


10-07-2011 | 1

Un ex inspector de la sociedad habla con LA GACETA sobre las prácticas más vergonzantes de la entidad.

Noelia Hermida. Bilbao


Empezó con ilusión. Es amante de la música y, como tal, estaba encantado con que su trabajo fuera defender los derechos de los autores y proteger sus obras. A. R. entró en la Sociedad General de Autores (SGAE) en el año 1999. Había terminado un máster de gestión cultural y una compañera le dijo: “Buscan a gente en la SGAE”. “Yo no sabía muy bien cuáles eran las funciones de un representante de la SGAE. Sabía a lo que se dedicaba y, encima, cuando fui a la entrevista, me lo pintaron todo maravilloso y, si te gusta la música, como es mi caso, proteger el buen uso de las canciones y fomentar la creación me parecía maravilloso. Además, me aseguraron que la gente sabía que tenía que pagar por los derechos de las obras y que, al realizar las visitas, no iba a tener ningún problema en cobrar.”, asegura A. R., sin poder ocultar la decepción que le produce pensar en ello hoy.

La realidad no tuvo nada que ver con esta imagen bucólica que le vendieron en los inicios. Defender a los autores se convirtió en una jornada laboral de casi 24 horas en la que, si quería llegar a fin de mes, porque le hicieron un contrato como autónomo –la mayoría de los inspectores estaban contratados por la SGAE como trabajadores por cuenta ajena, un hecho que, recientemente, ha cambiado–. En la actualidad, ya se están haciendo contratos mercantiles para evitar cometer más irregularidades, como, por ejemplo, obligar a estos trabajadores a cumplir unos objetivos mensuales o imponerles un horario laboral, algo que, al ser autónomos, no pueden hacer. “La SGAE tiene a 200 personas en mi misma situación y, como sabe que no está bien, lo que hace es ofrecer nuevos contratos de tipo mercantil pero con cláusulas abusivas para guardarse las espaldas y amenazando con echar al que no lo firme”, señala A. R. Su trabajo era conseguir que todos los clientes de su zona pagaran su factura correspondiente. “Era una presión constante. El año que yo entré incrementé los beneficios de mi zona más de un 80% y llevé a decenas de locales a juicio. Aun así, cada año que pasaba, te exigían que aumentaras el número de clientes, sin importar la forma. No se paraban a pensar que hay crisis, que muchos locales no tienen ni para pagar sus facturas y que, en muchos casos, las tarifas que nos tenían que pagar cada mes eran abusivas”, apunta. A pesar de la presión, el hecho de que su sueldo dependiera de las comisiones que obtenía a raíz de los pagos de los locales, le hacían actuar como un lobo más de la manada. “La SGAE no piensa en las personas ni en los casos personales. Ellos te dicen: tienes que cobrar sí o sí. Da igual que tú les digas que el dueño de un bar de un pueblo no tiene ni para arreglar las goteras del techo y que no va a poder pagar. No les tiembla la mano; en cuanto pueden llevar a alguien a juicio, lo hacen sin miramientos”, asegura.

Amenazas

Antes de emprender acciones legales contra un cliente que no cumple con sus pagos, la SGAE agota todas las opciones utilizando medios menos ortodoxos.
“Cuando un cliente se negaba a pagar o dejaba de hacerlo por alguna razón, íbamos al local y hablábamos con el dueño. Si era el primer caso, le explicábamos que por el uso público de obras registradas –a través de un reproductor de música o una televisión, en el caso de negocios de hostelería, o bien representándolas delante de un foro indeterminado de personas–, tenían que pagar un impuesto a la SGAE que variaba en función de los metros cuadrados del local o, en el caso de espacios destinados a conciertos o representaciones, según el programa. Algunos lo entendían y muchos otros no, pero, si podían pagarlo, muchos accedían. En el caso contrario, si dejaban de pagar por falta de liquidez, visitábamos el local cada poco tiempo para recordarles que tenían que pagar, pero ellos sabían que, hasta que llegaran a deber una cantidad que no superara los 300 euros, no podríamos hacer nada contra ellos, legalmente hablando. Por eso, si su cuota era de 15 euros al mes, podían acumular muchos recibos sin pagar. Pero la SGAE no iba a permitirse perder este dinero, así que, muchas veces, sin decirnos nada a los inspectores, contrataban a detectives para averiguar la titularidad de la empresa y les enviaban cartas amenazantes; por supuesto, sin que figurara el nombre de la entidad para que nadie pudiera ir contra ellos”, apunta A. R.

Falsificaciones

Otra práctica ilegal, muy habitual según cuenta este ex inspector, era falsificar facturas. “Cuando teníamos que cobrar a un ayuntamiento por una fiesta popular, en la que podía haber una orquesta o un pasacalles, por la celebración de un concierto, de un grupo que interpretara sus propios temas o que hiciera versiones de canciones registradas, teníamos que emitir una factura según el programa. La tarifa varía en función de las obras registradas que se interpreten y mi trabajo era acudir al evento, conseguir el programa o, si no lo había, ir apuntando las piezas que se escuchaban. Si era un concierto con un repertorio cerrado, era muy fácil hacer este trabajo, pero, en el caso de una charanga de un pueblo o de una coral que va improvisando o que no tiene un listado de las canciones, era muy complicado, porque es imposible que conozcas a todos los autores y sus obras y, a veces, es difícil contactar con estos grupos para pedirles que te den la información. En estos casos, la SGAE utilizaba “un programa tipo”. Teníamos en la sede un montón de programas de fiestas populares y, cuando no conseguíamos el auténtico, nos obligaban a coger uno de esos y emitir la factura a partir de él”, asegura A. R. Con este tipo de prácticas, la sociedad cobraba a un ayuntamiento o a una comisión de fiestas una cantidad de dinero que no se correspondía con la realidad y que, en muchos casos, era superior a la que tenían que pagar.

Favoritismos

Como ha quedado demostrado con el último escándalo de la entidad, ser amigo de los altos cargos de la SGAE tiene su recompensa, y ser uno de ellos, todavía más.

En los primeros años de su vida laboral dentro de la sociedad, A. R. tenía reuniones y compartía muchos momentos con su jefe de zona e, incluso, con algún alto cargo que se desplazaba desde la sede central para visitarle. Por eso, él mismo pudo comprobar cómo ciertos locales, por ser sus dueños amigos de un alto cargo de la SGAE o personas de influencia, no pagaban los derechos de autor y él recibía orden estricta de no entrar en el local a cobrarlos. “Te dejaban completamente sin armas. Tú entrabas en un local a hacer tu trabajo y, cuando enviabas los datos a la central para que los registraran, recibías un correo electrónico de algún jefe que te decía: de ese sitio olvídate, ya nos encargamos nosotros. Tú perdías el dinero de la comisión y el tiempo que habías empleado en toda la gestión. Además, sabías que nunca iba a pagar porque había un interés en que esa empresa X no pagase para que, cuando fuera necesario, le hiciera favores a la SGAE”, confirma. Pero este no es el único ejemplo que puede contar A. R.: “Un día vino mi jefe de zona conmigo a un juicio por impago. El cliente debía unos 600 euros. Cuando llegamos a la sala, mi jefe vio al demandado y me dijo que era el dueño del bar en el que desayunaba muchos días. Habló con los abogados y anuló el pago del hombre. Yo me quedé sin cobrar y el hombre se fue sin pagar”, asegura indignado.

Gastos de gestión

Saber cómo se reparte el dinero que se recauda en nombre de los autores es uno de los secretos mejor guardados por la entidad. “La SGAE presume de ser transparente, pero, muchas veces, los propios autores me han dicho a mí que no cobraban ni un duro. Hay casos en que, por un error burocrático, a un autor no se le paga durante meses y ¿qué se hace con ese dinero? Eso se debería investigar”, advierte A. R.
Además, la SGAE no sólo gana dinero de no pagar a los autores. “En los contratos que firman los clientes, aparece una cláusula en la que se indica que la sociedad se queda con un tanto por ciento del dinero del pago para sus gastos de gestión. Nadie sabe cuáles son estos gastos ni en qué se utiliza este dinero y, claro, si tú te quedas con un 20% de lo que cobra un cantante al que le tienes que pagar 600 euros al mes, no sacas nada, pero, si lo haces con una estrella que cobra millones y tú te quedas con alguno, las arcas se llenan rápido y él ni se da cuenta”, asegura A. R. Parece, en fin, que la Operación Saga es sólo el principio de una historia delictiva.
Con todo el dolor de mi corazon.lo copio de La Gaceta.es.copio y pego